Conviene separar tres cosas que suelen ir revueltas. La primera es viajar al futuro:
eso está resuelto, medido y en producción. Cualquier reloj que se mueva rápido o esté más
hondo en un pozo gravitatorio marcha distinto al tuyo, y la corrección está escrita en el
software de la constelación GPS desde 1977.
La segunda es la geometría. La relatividad general es una teoría del
escenario mismo, y no sólo de lo que se mueve encima. Nada en sus ecuaciones prohíbe que una
línea de universo se cierre sobre sí misma, y desde la solución de Gödel en 1949 se conocen
espacio-tiempos exactos donde eso pasa. A esas líneas se las llama curvas temporales
cerradas, CTC.
La tercera es el precio. Todas las construcciones conocidas —agujeros de gusano
atravesables, burbujas de Alcubierre, cilindros en rotación— piden materia que viola las
condiciones de energía clásicas, y la teoría cuántica de campos, que sí permite densidades
de energía negativas, las limita con desigualdades estrictas. Encima, cuando uno intenta
encender la máquina, el propio campo cuántico se amplifica sin límite sobre el horizonte
que la haría funcionar.
Este artículo arma ese recorrido con figuras que integran o resuelven lo que citan:
la métrica de Gödel y el radio donde el ángulo se vuelve tiempo, rayos trazados por un
agujero de gusano de Morris-Thorne, el mapa de energía negativa de Alcubierre, la
desigualdad de Ford-Roman, la serie geométrica que destruye el horizonte de Cauchy, la
condición de autoconsistencia de la bola de billar y el punto fijo de Deutsch para la
paradoja del abuelo. El capítulo 12 revisa qué ha aportado de verdad la IA acá y propone
siete líneas concretas, cada una con su criterio de verificación.